
El tren de las 6:14 hacia Montauk no solía llevar a nadie interesante, y mucho menos a alguien que se pareciera tanto a un hombre muerto. Julián se acomodó en el asiento de cuero gastado, sintiendo el peso del maletín sobre sus rodillas. Era un peso metálico, frío, un recordatorio constante de que su vida había dejado de ser suya en el momento en que aceptó el encargo. Frente a él, una mujer de unos cuarenta años, envuelta en un abrigo de visón que gritaba “dinero sucio” o “herencia trágica”, leía una revista de moda sin pasar de página. —¿Tiene fuego? —preguntó ella. Su voz era seca, como el crujido de las hojas secas en un cementerio. Julián no fumaba, pero llevaba un mechero de plata en el bolsillo del chaleco. Un regalo de su difunta esposa. Lo sacó y la llama iluminó por un segundo los ojos de la mujer: eran azules, de un azul de piscina vacía bajo la lluvia. —Gracias —dijo ella, exhalando el humo hacia el cristal del vagón—. ¿Es usted de los que huyen o de los que persiguen? —Soy de los que llegan tarde —respondió Julián con una sonrisa gélida. El tren entró en un túnel y la oscuridad engulló el vagón. Solo quedaba el brillo de la brasa del cigarrillo y el rítmico traqueteo de las ruedas: taca-tán, taca-tán. En ese vacío sonoro, Julián sintió que alguien más se movía en el pasillo. Un hombre alto, con un sombrero de ala ancha que ocultaba sus facciones, pasó rozando su hombro. Cuando la luz regresó, la mujer del visón ya no estaba. En su lugar, sobre el asiento vacío, descansaba un guante de encaje negro y una pequeña llave de latón. Julián sintió un sudor frío recorriéndole la nuca. Miró hacia la ventana. La mancha en el cristal —una imperfección del vidrio que antes parecía un pájaro en vuelo— ahora se le antojaba un dedo acusador señalando hacia el coche restaurante. Sabía que no debía levantarse. Sabía que, si abría ese maletín o si seguía a la mujer, el guion de su vida se deslizaría por un abismo sin retorno. Pero el suspense es, después de todo, la curiosidad ante el desastre inminente. Se levantó. El maletín golpeaba rítmicamente contra su pierna. Al cruzar la puerta que conectaba los vagones, el viento sibilante y el ruido del motor lo envolvieron como un grito sofocado. Al llegar al coche restaurante, el escenario era de una normalidad aterradora: un camarero aburrido limpiaba una copa, una pareja discutía en susurros y, al fondo, la mujer del visón lo esperaba sentada a una mesa para dos. —Se ha dejado esto —dijo Julián, dejando la llave sobre el mantel blanco. —No me la he dejado —susurró ella sin mirarlo—. Se la he vendido. El precio es ese maletín. —No sé qué contiene —mintió él. —Nadie lo sabe nunca. Por eso es tan valioso. En ese instante, Julián miró por la ventana del restaurante. El tren estaba cruzando un puente sobre un desfiladero infinito. Reflejado en el cristal, vio al hombre del sombrero de ala ancha justo detrás de él, con la mano introducida en el bolsillo interior de su gabardina. No era un pañuelo lo que iba a sacar. Julián no tuvo miedo. Sintió, más bien, una extraña satisfacción estética. Era el clímax perfecto. Solo faltaba el giro final. —Dígame una cosa —dijo Julián mientras el extraño se acercaba—. ¿Es verdad que en las películas el héroe siempre se salva? La mujer sonrió, apagando el cigarrillo en un plato de porcelana fina. —Esto no es una película, querido. Es solo literatura.
Telmo Heraldo

Trabalibros EntrevistaSiempre busco un tipo de escritura donde la propia forma ya hable del tema

Trabalibros en la RadioEn nuestra última colaboración radiofónica, nos adentramos en la espesura del Amazonas de la mano de Antonio José Bolívar Proaño, el inolvidable protagonista de 'Un viejo que leía novelas de amor'. Analizamos cómo Luis Sepúlveda logra, con una prosa tan sencilla como profunda, enfrentarnos a la crudeza de la naturaleza y a la codicia humana, mientras reivindica la lectura como el refugio último frente a la barbarie. Un viaje literario que es, al mismo tiempo, un grito ecologista y un homenaje a la dignidad de quienes saben escuchar los susurros de la selva
Lo importante es enseñar lo que nosotros, los "grandes lectores", sabemos: que no hay solamente un recorrido en el libro de la primera línea a la última, sino muchos recorridos que un gran lector sabe inventar.
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"He estado pensando si no sería posible de algún modo transformar este diario. Me refiero a que yo suelo escribir en él con tal rapidez, que si me detuviera a corregir me resultaría imposible escribir. Así que, ¿por qué no dejar que sea así? ¿Por qué no dejar que sea una especie de receptáculo donde se van echando todas las cosas que a una se le pasan por la cabeza? Me gustaría que tuviera el aspecto de alguna vieja mesa de escritorio, o de un saco bien provisto, en el que se meten sin mirar multitud de cosas: fragmentos de artículos, de libros, de sueños, de pensamientos. Me gustaría que, al volver a leerlo al cabo de un año o dos, se hubiera convertido en algo orgánico, que hubiera crecido por su cuenta, como si yo no hubiera tenido nada que ver en ello."
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En el arte de vivir, el hombre es al mismo tiempo el artista y el objeto de su arte, es el escultor y es el mármol, el médico y el paciente.
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Existe un estante oculto donde descansan los personajes que murieron por culpa de una tilde mal puesta o un punto y seguido prematuro. Allí, una Ana Karenina que nunca llegó a la estación de tren toma café con un Quijote que jamás vio molinos. Discuten, entre susurros, sobre la crueldad de los correctores de estilo.
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Un libro no es algo que leemos, es algo que nos sucede, y nos sucede en diferentes estratos de nuestro ser: psicológico, ético, intelectual, sensorial, afectivo... En cada uno de ellos dejamos que el libro ocurra, que acontezca.
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