Pensamiento y Literatura
Libros, autores y lectores trabando interesantes e inesperadas relaciones
Teofastro
Teofastro

El tiempo empezó a faltarle los jueves. No se trataba de una impresión, de uno de esos engaños que la edad urde para convencernos de que los días han comenzado a pasar más deprisa. Julián había llevado durante cuarenta años una vida demasiado regular para equivocarse en aquellas cosas. Desayunaba a las siete, tomaba el tranvía de las siete y cuarenta, abría a las ocho la puerta de la notaría y, al regresar, dejaba las llaves en un cuenco de barro junto a la entrada. Los relojes podían atrasarse; los hombres, distraerse. Pero las costumbres, cuando se las ha obedecido durante mucho tiempo, terminan por adquirir la autoridad de las leyes naturales. Por eso le inquietó que el reloj de la cocina se detuviera un jueves, a las ocho y diecisiete. No oyó nada. Estaba cortando una manzana y solo advirtió la inmovilidad cuando levantó los ojos hacia la esfera. La aguja del segundero permanecía suspendida sobre el número cuatro, con una obstinación casi humana. Afuera, un camión descargaba botellas en el bar de la esquina. El ruido del vidrio llegó amortiguado por los cristales, como si procediera de una calle situada al otro lado del sueño. Julián se acercó al reloj y le dio cuerda, aunque era eléctrico. Lo hizo por costumbre, con el gesto inútil y solemne con que algunas personas persignan una habitación vacía. Al día siguiente volvió a funcionar. El jueves siguiente se detuvo a la misma hora. Y el siguiente. Durante un mes, Julián observó aquella repetición con el recelo de quien descubre una grieta en la pared y teme que, si la mira demasiado, la grieta termine por mirarlo a él. Cambió las pilas, limpió los contactos, compró otro reloj. El nuevo se detuvo también. Cuando, por precaución, retiró todos los relojes de la casa, descubrió que seguía despertándose a las ocho y diecisiete los jueves, siempre con la sensación de haber oído una llamada en sueños. No se lo contó a nadie. Hay cosas que, al ser pronunciadas, adquieren una realidad que antes no tenían. Julián trabajaba en una notaría de la calle de la Paja, en un edificio estrecho cuya fachada conservaba el color indeciso de los huesos viejos. Pasaba las mañanas entre testamentos, escrituras de compraventa y declaraciones de herederos. Le correspondía corregir los errores de los muertos: una fecha equivocada, un segundo apellido omitido, una finca descrita con tanta imprecisión que nadie habría podido encontrarla sin ayuda de la memoria. Había algo tranquilizador en aquel trabajo. Los vivos mentían por necesidad, por vanidad o por miedo; los muertos, en cambio, estaban obligados a dejar sus contradicciones por escrito. Bastaba leer despacio. Quizá por eso Julián había llegado a confundir la exactitud con la verdad. A los sesenta y tres años, vivía solo en un piso del Ensanche donde la luz de la tarde entraba con la cautela de un visitante que no quiere ser reconocido. Su mujer había muerto hacía seis años. No habían tenido hijos. De ella conservaba un abrigo que ya no recordaba haber visto puesto, dos fotografías y una taza desportillada que nadie se había atrevido a tirar. No era un hombre infeliz, o al menos no habría sabido explicar en qué consistía su infelicidad. Había pagado sus deudas, atendido sus obligaciones y procurado no causar daño. Si la vida era un contrato, Julián podía considerarse al corriente de todos sus plazos. Sin embargo, los jueves había comenzado a sentir una especie de deuda. La primera llamada llegó un día de noviembre. El teléfono sonó a las ocho y diecisiete, en el preciso instante en que el reloj se detenía. Julián estaba en la cocina. Al descolgar, oyó una respiración tenue, entrecortada por una distancia que no parecía hecha de kilómetros, sino de años. —¿Julián? La voz de mujer tenía una aspereza familiar. No era una voz que hubiera olvidado, sino una que había dejado de escuchar hasta el punto de olvidar que la recordaba. —Sí. —¿Sigues ahí? Miró alrededor. La cocina estaba limpia. Sobre la mesa, la manzana empezaba a oscurecerse por el borde del corte. —¿Quién habla? La mujer tardó en responder. —Eso es lo que siempre has querido saber antes de contestar. Julián apretó el auricular. En algún lugar de su memoria se abrió una puerta, pero detrás no había una habitación, sino un pasillo interminable, alumbrado por bombillas que se apagaban una tras otra. —Clara —dijo. No lo había decidido. El nombre salió de su boca con la naturalidad de una palabra que hubiera estado esperando muchos años para volver a ser pronunciada. Al otro lado se hizo el silencio. Después, la comunicación se interrumpió. Julián permaneció inmóvil, escuchando el tono muerto. No lloró ni sintió alegría. Experimentó algo más incómodo: la certeza de que una parte de su vida, que había considerado concluida, seguía ocurriendo en algún sitio sin contar con él. Conoció a Clara cuando aún creía que las decisiones importantes se anunciaban con suficiente antelación. Ella trabajaba en una librería de viejo, en una calle próxima a la catedral. Tenía las manos pequeñas, el pelo oscuro y la costumbre de abrir los libros por la última página antes de comprarlos. A Julián le parecía una excentricidad imperdonable. —¿Y si el final te estropea el resto? —le preguntó una vez. Clara sonrió. —Los finales no estropean nada. Solo dicen qué era lo que estábamos leyendo. Vivieron juntos durante tres años en un piso interior, con un patio donde una mujer tendía sábanas incluso en invierno. Fueron años sin acontecimientos memorables, que es como suelen ser los años que después se recuerdan con mayor precisión. Compartían el café de la mañana, discutían por el dinero, se reconciliaban sin pedir disculpas y caminaban los domingos hasta el mar. Clara hablaba de irse a vivir al norte. Le gustaba la lluvia, decía, porque las ciudades parecían más sinceras cuando no tenían que fingir que eran hermosas. Julián escuchaba. Tenía un empleo fijo, una madre anciana y la convicción de que la vida adulta consistía en renunciar a ciertas cosas para proteger las demás. No era cobardía, se decía. Era sensatez. La sensatez, descubrió demasiado tarde, es una palabra que a veces utilizamos para no pronunciar el nombre exacto de nuestro miedo. Cuando a Clara le ofrecieron trabajo en otra ciudad, ella le pidió que la acompañara. No le pidió que la salvara ni que abandonara el mundo. Solo que fuera con ella. —No sé si puedo —contestó Julián. Clara miró por la ventana. En el patio, una sábana blanca se inflaba con el viento y volvía a pegarse a la cuerda. —No te he preguntado si puedes. Él habría querido recordar aquella conversación de otro modo. En su memoria, durante años, la marcha de Clara había sido una fatalidad: algo que había sucedido porque las circunstancias no permitían otra cosa. Ahora comprendía que las circunstancias habían sido apenas los muebles de la habitación. La puerta estaba abierta. Él había preferido no cruzarla. Clara se marchó un jueves. Durante los primeros meses se escribieron. Ella le contaba el color del cielo, los nombres de las calles, la dificultad de acostumbrarse a una cama nueva. Julián respondía con noticias de la notaría, de su madre, del precio del alquiler. Sus cartas eran correctas, amables, casi irreprochables. En ellas no había nada que pudiera ser utilizado en su contra. La última carta de Clara llegó un invierno. Julián la leyó en la cocina, de pie, mientras el agua hervía en un cazo. Luego la guardó en un diccionario, entre las palabras esperar y esperanza. Durante años se dijo que lo había hecho para conservarla. La verdad era menos noble: no había sabido qué contestar y, al ocultarla, consiguió aplazar la respuesta indefinidamente. La encontró una tarde de lluvia, después de la segunda llamada. El sobre se había vuelto amarillento y el papel conservaba una tenue marca circular, como si alguna vez hubiera descansado debajo de un vaso. «No te culpo por haberte quedado», decía Clara. «Cada uno tiene sus razones, aunque a veces las razones solo sean el nombre que damos a aquello que no nos atrevemos a perder. Lo que me entristece es que hayas confundido quedarte con elegir. No me escribas cuando sepas qué vida quieres. Escríbeme cuando dejes de necesitar la certeza de que has elegido bien». No había dirección. Solo una fecha, escrita en la parte superior, que Julián tuvo que leer varias veces antes de comprenderla. Era el mismo día en que había recibido la llamada. Durante una semana no fue capaz de trabajar. Los documentos se amontonaban sobre su mesa. Se equivocó en el número de una finca y tuvo que rehacer tres páginas de una escritura. El notario, un hombre joven que todavía creía en la posibilidad de ordenar el mundo, le preguntó si se encontraba bien. Julián respondió que sí. El jueves siguiente, a las ocho y diecisiete, sonó el teléfono. —He encontrado tu carta —dijo él, sin saludar. —¿Qué carta? —La que me escribiste cuando te fuiste. Al otro lado se oyó un ruido de pasos, o quizá de lluvia sobre una ventana. —Nunca te escribí para que la encontraras, Julián. —Entonces, ¿por qué me llamas? —No te llamo yo. Julián se levantó. El reloj, sobre la repisa, mantenía inmóviles las agujas. Una claridad gris empezaba a extenderse por el suelo, aunque aún era de noche. —¿Qué quieres decir? —Hay cosas que siguen llamándonos incluso cuando ya no queda nadie al otro lado. La línea se cortó. Aquella noche Julián no volvió a acostarse. Sacó del armario una maleta pequeña y la dejó abierta sobre la cama. No sabía adónde iría. No sabía siquiera si Clara seguía viva. Podía haber muerto, haberse casado, haberse marchado de nuevo a otro país. Podía no recordar su nombre. El tiempo había tenido demasiados años para trabajar a espaldas de ambos. Buscó su dirección en las cartas antiguas, en el cuaderno de teléfonos, en una agenda que conservaba números de comercios desaparecidos. No encontró nada útil. Al amanecer escribió una carta. No trató de explicar lo ocurrido. Tampoco pidió perdón, aunque la palabra apareció varias veces en su borrador y otras tantas fue tachada. Le escribió que había pasado la vida creyendo que la prudencia consistía en no perder lo que uno tenía, y que ahora empezaba a sospechar que también podía consistir en perder, una y otra vez, aquello que uno no se atrevía a tocar. Terminó con una frase que le pareció insuficiente, pero verdadera: «No sé si llego tarde. Solo sé que esta vez no quiero utilizar la duda como una excusa». Puso la carta en un sobre y salió. La ciudad estaba todavía desierta. En las aceras, las hojas mojadas se pegaban al pavimento con el aspecto de pequeños animales muertos. Julián caminó hasta la estación de Correos y depositó la carta en el buzón. No tenía dirección. Había escrito únicamente el nombre de Clara, como si el servicio postal de los vivos dispusiera de un departamento para las cosas que no encuentran su destino. Al regresar a casa descubrió que el reloj funcionaba. Las agujas avanzaban con un movimiento suave, casi imperceptible. Julián se quedó mirándolas. Sintió una decepción absurda, como si la avería le hubiera ofrecido una forma de compañía que ahora le era retirada. Durante unos segundos pensó en detenerlo de nuevo, arrancarle la pila, devolverlo a su silencio. Después se apartó. Pasaron los meses. La primavera llegó sin que Julián supiera en qué momento había empezado. El árbol del patio interior se cubrió de hojas y la mujer de las sábanas blancas dejó de tender la ropa al anochecer. En la notaría, los documentos siguieron entrando y saliendo de las carpetas. Los muertos continuaron dejando sus asuntos en manos de los vivos. Julián empezó a caminar sin destino después del trabajo. Compró libros que no necesitaba, entró en cafés donde nadie lo conocía, aprendió a sentarse junto a la ventana sin consultar el reloj. Un domingo fue hasta la playa y permaneció allí hasta que oscureció. El mar tenía el color de una vieja moneda. Por primera vez en muchos años, no sintió la obligación de sacar una conclusión de lo que veía. El siguiente jueves, sin embargo, despertó a las ocho y diecisiete. No había sonado el teléfono. No se había detenido ningún reloj. La casa permanecía en silencio, con esa quietud de las habitaciones que han perdido a sus habitantes antes de que estos se marchen. Sobre el felpudo había un sobre. No llevaba sello ni dirección. Dentro encontró una fotografía en blanco y negro de una estación de tren. En el andén, una mujer sostenía una maleta y miraba hacia las vías. No se le veía el rostro. Llevaba un abrigo oscuro, pasado de moda, y el pelo le caía sobre la nuca en una curva que Julián habría reconocido en cualquier parte. Al dorso, con una letra inclinada, había cuatro palabras: «Ya no espero los jueves». Julián se sentó en el suelo del recibidor. No podía saber si la fotografía era reciente o antigua, si la mujer era Clara o alguien que se le parecía, si aquellas palabras eran una despedida o la noticia de una libertad que no le concernía. Por primera vez comprendió que no todas las preguntas habían sido hechas para obtener una respuesta. Algunas solo sirven para descubrir cuánto tiempo hemos vivido sin formularlas. Fue a la cocina. El reloj marcaba las ocho y dieciocho. Se vistió, guardó la fotografía en el bolsillo y salió de casa. En la estación compró un billete hacia el norte. El empleado le preguntó si quería ida y vuelta. Julián miró la pantalla, donde los horarios se ordenaban en filas exactas, como si el futuro fuera una mercancía que pudiera adquirirse en dos modalidades. —Solo ida —dijo. El tren estaba a punto de partir. Subió al último vagón y encontró un asiento junto a la ventana. En el cristal, su rostro aparecía superpuesto a los andenes, a las señales, a los viajeros que corrían con sus maletas. Por un instante le pareció que no estaba mirando su reflejo, sino el de un hombre que había pasado muchos años esperando a que alguien le concediera permiso para vivir. Cuando el tren comenzó a moverse, Julián cerró los ojos. No pensó en Clara. No pensó en la carta ni en la posibilidad de encontrarla. Escuchó el traqueteo de las ruedas, el roce del viento contra el vidrio, el rumor de la ciudad alejándose. El tiempo, por fin, parecía algo que sucedía fuera de él. Al abrir los ojos, vio que el reloj de su muñeca se había detenido. Marcaba las ocho y diecisiete. Julián sonrió, pero no miró si el segundero volvía a ponerse en marcha. Afuera, los primeros campos se extendían bajo una luz pálida. Había casas aisladas, tendederos, árboles desnudos y caminos que desaparecían detrás de las colinas. El mundo no tenía ninguna obligación de explicarse. Guardó el reloj en el bolsillo. Y siguió viajando, sin saber si se dirigía hacia una mujer, hacia un recuerdo o hacia el lugar donde, tantos años atrás, había dejado de esperarse a sí mismo.
Telmo Heraldo

Trabalibros EntrevistaLa mirada es lo más político del mundo

Trabalibros en la RadioApuleyo de Madaura, la gran figura de la literatura latina del siglo II d.C., protagoniza este análisis en Trabalibros a través de El asno de oro. Bruno Montano nos descubre la única novela romana conservada al completo, una genial estructura de "cajas chinas" que mezcla sátira, erotismo y mitos inmortales como el de Eros y Psique. Precursora directa de la novela picaresca y de la obra de Cervantes, esta metamorfosis de un joven convertido en asno alegoriza el viaje del ser humano desde los impulsos más terrenales hacia la búsqueda de la redención espiritual
La buena lectura murmura saberes profundos apenas intuidos.
Ver más...
"Nuestra muerte es más un asunto de los que habrán de sobrevivirnos que propiamente nuestro; pues un ingenioso sabia formuló una vez un pensamiento que tal vez no citemos con exactitud pero que es, en cualquier caso, absolutamente acertado y válido desde un punto de vista espiritual: "Mientras existimos nosotros, no existe la muerte, y, cuando existe la muerte, no existimos nosotros"; por consiguiente, no hay ninguna relación real entre la muerte y nosotros; la muerte es algo que no nos atañe absolutamente en nada, que todo lo más atañe al mundo y a la naturaleza, y por eso todos los seres la contemplan con gran tranquilidad, con indiferencia, con una inocencia egoísta y sin ninguna responsabilidad".
Ver más...
El optimismo es la inteligencia decidida a determinar el futuro. No es un sentimiento, sino un modo de actuar.
Ver más...
Existe un estante oculto donde descansan los personajes que murieron por culpa de una tilde mal puesta o un punto y seguido prematuro. Allí, una Ana Karenina que nunca llegó a la estación de tren toma café con un Quijote que jamás vio molinos. Discuten, entre susurros, sobre la crueldad de los correctores de estilo.
Ver más...
Un libro no es algo que leemos, es algo que nos sucede, y nos sucede en diferentes estratos de nuestro ser: psicológico, ético, intelectual, sensorial, afectivo... En cada uno de ellos dejamos que el libro ocurra, que acontezca.
Ver más...